
Si caminas sobre una delgada capa de hielo pueden suceder varias cosas:
Al pasar por ella llegas a una zona frágil. Pisas, y debido a la acción de tu peso, se crea una grieta que hace que te hundas.
Al pasar por ella, sin saberlo atraviesas una zona frágil, la grieta se abre y caes.
Consigas cruzar sin que el hielo se rompa.
Como cabía esperar, la tercera opción es inviable. No hay bien sin mal, blanco sin negro, yin sin yang… y en definitiva, no existe la acción sin reacción.
La cuestión está entre las dos primeras, porque ¿Dónde está la línea que las separa? Si aunque sabes que es peligroso pasar por ese lugar lo haces y el hielo se rompe, te jodes. Es sencillo, ¡No haber pasado por ahí! Tenías el camino al lado. Nadie se va a compadecer de ti, porque seguramente no lo mereces. En caso de verte sorprendido por una zona débil en el piso si habrá quienes sientan lástima, pues no tienes la culpa ni merecías caer.
“También pudo haber escogido el camino” piensan y dicen algunos…
Pero el resultado no cambia. La grieta se abre y tú caes. Acción-reacción. Y después del hielo hay agua fría, y después barro; mojado al principio y seco al final.
Se puede hablar más claro y aún así no entender lo que se escucha, pero eso no cambia lo que se piensa y dice.
